Texto y fotografía por: Jaime Tillería

Tiempo de lectura: 4 minutos, número de palabras: 900

 

What has been thus played up in form

should not be let down in color.

Irving F. Morrow

 

Los puentes causan el mayor asombro principalmente por dos razones; la primera, por la dificultad de su ejecución; la segunda, más trascendental, porque son, de todas las obras humanas, las que mayor correspondencia tienen con el orden universal que los solicita: no hay manera de que un puente no realice o realice menos del ejercicio para el que fue concebido. Los puentes no pretenden. He resuelto entonces a intentar describir por qué el Golden Gate Bridge ha significado para mí una de las experiencias estéticas más profundas que me hayan acontecido, a causa de, e incluso superando el orden que lo dispone. Así pues, no crea el lector que aunque este será un texto sobre ese orden, no será también uno sobre la emoción y la sensibilidad, y la experiencia de lo bello.

Del orden nace la fuerza; cuando las olas se organizan el mar arremete tan fuerte como soldados marchando contra las rocas; sin embargo, del orden nace también la posibilidad de belleza; sólo podemos imaginar qué maravillas nos ocultó la casualidad si el César hubiese nacido pintor y Cromwell aspirado a escribir un poema épico. Louis Isadore Kahn predica que el mismo orden creó al elefante y al enano, el mismo, digo, pesa los bloques de tierra que forman pirámides en Giza y los cables rojos que cuelgan en San Francisco como si el aire mismo los sostuviera. Ahora bien, esta claridad con la que Golden Gate Bridge es dispuesto por el orden, es sólo el indicio de una posibilidad de belleza; corresponde al humano entonces, ser de ficciones y de costumbres, elevar su poesía hasta que lo edificado reciproque lo dado por el orden, al punto que su ficción esté en armonía con sus leyes fundamentales; de este modo, en el caso del Golden Gate ‘lo que fue así mismo dispuesto en la forma, no fue decepcionado en el color’, siendo el color, claro está, solo una de las muchas fábulas que puedan suscitar asombro en la imaginación del hombre. Es esta emoción que nos impulsa a hacer lo correcto lo que llevó a Buckminster Fuller confesar:

 

“Cuando estoy trabajando en un problema, nunca pienso en su belleza. Solo pienso en cómo resolver el problema. Pero cuando lo termino, si la solución no es bella, sé que está equivocada.”

 

 

De repente camino por un embarcadero y aparece a lo lejos un puente que cuelga, que apenas si se atreve a tocar el mar al umbral de una gran ciudad. Su apariencia me insinúa un entendimiento claro de las leyes universales, una inteligencia que se vuelve materia en el lejano paisaje. Su misión no es simple, es de hecho de una naturaleza compleja: conectar dos cuerpos urbanos en una vía elevada sobre el ingreso a una bahía de puertos extremadamente ocupados por enormes naves de comercio. Me acerco entonces a conocer este titán de acero naranja bermellón; el tiempo es bondadoso, es septiembre y no hay ni una sola nube. Me encuentro en la playa, se descubren detrás de unas rocas milenarias los arcos que soportan los tensores; son un dibujo, una imaginación humana esbozada sobre el horizonte, y, sin embargo, con un carácter tan infalible en su implantación que parece pertenecer al paisaje desde que el mar es mar. Me intriga infinitamente su color, en un contraste majestuoso con el azul inmenso del cielo despejado; como si el color no perteneciera al material, como si el puente no fuera naranja por su acero, sino que el acero fuera naranja por causa del puente. Eso es lo que anheló su arquitecto Irving F. Morrow, y, como pocos hombres lo harán en la historia, lo consiguió. Me acerco por la arena con la ya vieja marea de verano conversándome a mi izquierda; la ignoro. Cuando llego a los cimientos del puente la vuelta me envía por debajo, donde se asienta majestuoso el arco de concreto que sostiene el primer tramo de cerchas. Llego por fin a la vía elevada que se extiende sobre el agua y planto mi pie sobre la calzada estrechada por dos balaustradas de ese acero naranja, que empieza a intensificarse; camino impaciente por llegar a la primera torre. Diviso a mi derecha la isla de roca que sostuvo una prisión, y al frente, la silueta de los rascacielos levantándose sobre el borde del continente. El color toma aún más fuerza. Me distraigo con los cables que cuelgan como si estuvieran parados. Alcanzo al fin el arco más bajo de la torre. El color, de nuevo enfrentado contra el vasto azul, explota. Y todo es color, primario y sensible, inundando alucinatorio toda la perspectiva. Segundos después de recuperar los sentidos aparecen los detalles magníficos. El naranja, que vuelve a tener forma, se revela marcado por un número inconcebible de roblones que le dan textura hasta el espléndido sinfín de sus alturas. Los arcos, vestidos por placas art déco, figuran una geometría en tal correspondencia con la estructura, que imaginar su ausencia devuelve una imagen empobrecida y hasta desagradable. Sobrepaso la torre y se extiende ante mí, parabólica y precisa, la cortina de cables y sus amarres, grabando el profundo naranja en inquebrantables líneas finas sobre el haz de aire celeste. Es una obra que, en su ficción original y tan pura, exalta el asombro sin pretensión alguna. Ser puentes, me digo, hay que ser puentes. ¿Qué hay pues, más que decir que me siento feliz?

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