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“Ya todos el teatro van dejando,

a su primer materia reducida

la forma que tuvieron y gozaron;

polvo salgan de mí, pues polvo entraron.”

Pedro C. de la Barca, El gran teatro del mundo

 

Rememorar a Aldo Rossi —el arquitecto de las evocaciones obsesivas, de las asociaciones infinitas y de la conciencia del valor expresivo del tiempo y de la muerte— en la fecha exacta del vigésimo aniversario de su fallecimiento, es una forma de simetría histórica obligada (aquello que los hombres de derecho llaman justicia). En homenaje a esta figura crucial de la arquitectura de la segunda mitad del siglo XX, el arquitecto Jaime Tillería nos obsequia un ensayo pleno de asociaciones inquisitivas entre las circunstancias trágicas de su muerte y las eternas obsesiones de su vida. (JMM)

 

El Día Que Murió Aldo Rossi

Por Jaime Tillería

 

The world is a mirror.[1]

 

Todo lo que existe son similitudes. Aldo Rossi sabía que la única manera de entender el mundo es a través de las formas, y que esta era la única libertad posible. Son las similitudes que aparecen entre las diversas manifestaciones de las formas las que nos permiten crear relaciones entre objetos, situaciones y personas; esto lo maravillaba e inquietaba a la vez. La suprema necesidad que sentía hacia la simetría y la repetición era inextricablemente borgeana[2], sabía que moría para que una escena se repita. Fue admirador del humor y de la exquisita ironía con la que la historia nos recuerda, nos junta y nos separa, nos prepara y nos advierte sobre lo que sucedió y lo que sucederá. Lo que menos lamento de su muerte es que no haya sido instantánea; él que quería irse tan deprisa. Dios sabe lo que perduraron en su mente los diez días que permaneció inconsciente en el hospital San Rafaelle de Milán. Al tope de la página en uno de sus diarios transcribe con su propia mano un verso de un tango argentino, no se molesta en traducirlo al italiano, “las horas que pasan ya no vuelven más”. Capaz fue justamente esa futilidad del tiempo la que le conmovió a buscar una constante, una forma traducida en similitudes transfiguradas en memoria, en belleza.

El día que murió Aldo Rossi, el mundo estaba aún de luto por un personaje mucho más popular que había muerto en su automóvil en París cinco días antes; no me quejo por ello. El día en el que murió Aldo Rossi no tiene memoria de su personaje porque es un personaje que debe ser recordado tal su relato, no con aclamaciones ni grandes noticias; el silencio que lo guardó es el mismo silencio que yace en su obra y en su palabra, es el mismo silencio que intento transmitir ahora. Escribir su relato entero equivaldría a escribir una novela. Leí que no se precisa escribir una novela si se puede escribir su idea; he resuelto contar entonces un sólo instante de su relato que fueron diez días, porque en ese instante está su idea; qué mejor manera de recordar al benefactor de la memoria como una forma que contiene similitudes y simetrías. Él fue y tendrá o no nombre, será una huella más en el paso del tiempo, un pilar más repetido infinitas veces. Y él lo sabía. Digo que él lo sabía porque sospecho del día en que sufrió el accidente. No hay plan lo suficientemente pequeño para pasar desapercibido ni lo suficientemente grande que pueda sobrellevar la casualidad. El plan de un hombre en el día de su muerte se reduce a una sola decisión; hoy muero, o no. La constante, la única que podía controlar, el único suelo sólido que pudo encontrar en el flujo fútil del tiempo.

Era un espíritu casi demasiado ligero, casi demasiado libre para este mundo. Y por eso la permanencia era su fuerza, porque al igual que Borges, al igual que Whitman, habitó este mundo, pero no perteneció a su tiempo; era un ser que contenía multitudes[3], sólo que Aldo Rossi contuvo multitudes en su arquitectura, no en su persona. No se veía a sí mismo en el resto de la gente como lo hacía Whitman, pero veía en su arquitectura la permanente garantía de lo que vino antes de él, y lo que dejaba para lo que vendría después; su Teatrino Scientífico fue prueba de esta posibilidad. Me arrepentiré (o quizás no) de escribir estas líneas tan sólo desde lo que podría ser considerado por el mundo de lo pragmático como una mera elucubración personal de lo que yo creo que él fue; me acusarán de arrogancia y diré que mienten, me acusarán de soberbia y diré que cada uno defiende lo que cree. El origen de la voluntad poética del ser humano me intriga más que el atropello por descubrir el origen del universo. Y el origen de esa voluntad es el entendimiento de la posibilidad como motor de toda acción humana. No hay nada más perpetuo que la posibilidad. Eso es lo que fue su Teatrino Scientífico, eso es lo que fue Aldo Rossi.

Cuando se habla de posibilidad, con Aldo Rossi, surge de inmediato la relación entre el lugar y el acontecimiento. La condición efímera de un suceso llevó al arquitecto a concluir que “los lugares son más fuertes que las personas, el escenario más que el acontecimiento”[4] y por ello su estudio y su vida, que resultan ser lo mismo, fueron las permanencias análogas que se repiten en distintos lugares y las posibilidades que estas constituyen. El Teatrino Scientífico es el más sólido fundamento de esta aseveración. Para entender por qué, hay que primero describir brevemente el término lugar, en este caso en específico hablamos de lugar como manifestación humana de un orden, como arquitectura, no solamente espacios naturales como bosques o playas. Nos podemos imaginar entonces las ruinas de un anfiteatro en Roma, un templo o un patio japonés. Lo que las tres imágenes tienen en común es que no representan nada, su forma es presentada y conservada tal como es en el imaginario, no cambian por su uso o por las épocas o las costumbres, son lo que son. La obra de arquitectura, a diferencia de la obra de arte y la obra lírica, no significa nada, no re-presenta, como dijo Schopenhauer, “no nos proporciona un facsímil, sino ‘la cosa misma’”[5]. Es aquí cuando el cálido y familiar abrazo de lo irónico envuelve de nuevo el pensamiento de Aldo Rossi, pues lo que crea con su Teatrino Scientífico es un espacio, aunque la palabra dimensión se presta mejor al caso, en la que justamente sea la arquitectura ese personaje re-presentado. Su vida resultó en la construcción de un teatro en el que se contemple, como una obra de Shakespeare, la Arquitectura. Hizo un museo de lugares en los que pueden suscitar todo tipo de acontecimientos, infinitos. En su texto para esta máquina milanesa de Arquitectura, el arquitecto concluye hablando de los teatrinos bergamascos de su infancia, “…cada tarde la misma decoración de la vegetación del lago, enmarcado por sus luces y por su arquitectura, indicaba posibilidad. Esa es la ficción, pero también la ciencia y el prestigio del teatro”. La ficción que él nos relata es precisamente la esencia del objeto, desarraigado de la realidad que lo trivializa. Es por eso que se ve tan fascinado por construcciones a primera vista tan simples y vulgares como los faros, las casetas de playa, los quiscos de música, los galpones o los graneros; porque es capaz de separarlos de la realidad que los minimiza y extraer la ficción, la posibilidad que el teatrino recoge.

Es fácil criticar la arquitectura, y por tanto la vida y el pensamiento de Aldo Rossi, desde un punto de vista superficialmente plástico. La simpleza y sobria solidez de su obra construida no seduce a la mayoría de espectadores porque su origen no es fenomenal; no alude a emociones, sino a ideas, y, al igual que Boullée, acude sólo a lo sublime, no trabaja por nada menos que lo magnífico. En entender su magnificencia está el valor de su ejercicio. Lo que Aldo Rossi nos mostró fue la Arquitectura y su esencia; con humor e ironía sacrificó su obra para revelarnos un propósito aún mayor; entender que la idea de la Arquitectura es, y siempre ha sido, la memoria y la posibilidad. El Teatrino Scientífico “se convertía en un laboratorio en el que el resultado de la experiencia más lúcida era siempre imprevisto, pero nada puede ser más imprevisto que un mecanismo repetitivo de las cuestiones tipológicas de la casa, del teatro”.[6] El teatrino contiene toda la memoria y toda la posibilidad. El teatrino es el mundo[7] re-presentado, y en esta re-presentación Aldo Rossi vislumbró la comedia de la humanidad, “…personas, vicisitudes, cosas, fragmentos, arquitectura tienen siempre un hecho que les precede, o les sigue y se superponen recíprocamente”.[8] Alguna vez escribí que transformar ideas en hechos y descubrir en los hechos la idea detrás es el origen y el fin de la historia de la humanidad, ahora afirmo que ese es el origen y el fin de la comedia humana.

Ese fue el instante que fueron los diez días que precedieron al 4 de septiembre de 1997. Toda una vida contenida en una sola idea, en un solo laberinto. Puedo imaginarme a Aldo Rossi como único constructor de la Casa de Asterión, donde ‘todas sus partes están muchas veces, donde cualquier lugar es otro lugar y todas las puertas están abiertas y no hay cerraduras’; donde el minotauro camina libre, nunca prisionero, sobre pasillos y cuerpos olvidados en el tiempo, esperando, acaso añorando la muerte redentora, bajo la espada de Teseo o en un automóvil en las afueras de Milán.

 

[1] Verso de la canción The Not Real Lake compuesta por Loving.

[2] Léase La Trama de Jorge Luis Borges.

[3] Léase Song Of Myself de Walt Whitman, sección 20 y 51.

[4] De Autobiografía Científica por Aldo Rossi.

[5] De El Mundo Como Voluntad y Representación.

[6] De Teatrino Scientífico por Aldo Rossi, con Gianni Braghieri y Roberto Freno.

[7] De la tesis Conversaciones con Sebastián Sánchez Bardellini (*).

[8] De Teatrino Scientífico por Aldo Rossi, con Gianni Braghieri y Roberto Freno.

Imagen de portada: fotografía de Il Teatro del Mondo en la Bienal de Arquitectura y Teatro de Venecia del año 1979. Autor: GianCarlo Maiocchi, Occhiomagico