El sábado, 18 de enero, en el Museo Archivo de Arquitectura del Ecuador (MAE), se inauguró la exposición de pintura y escultura Des-terrados del arquitecto Mathias Naranjo Chrambach. La muestra habla de la confrontación del hombre con la vida, reflexiona sobre los procesos de descontextualización del ser contemporáneo, de la negación del entorno, de la historia, del lugar.

Con mucha emoción recibimos a la primera exposición temporal de 2020. Si no pudiste venir a la inauguración, acércate al MAE hasta el 22 de febrero, podrás visitarla en los siguientes horarios:

▪ Martes a Viernes: 9h00 a 17h00 (último ingreso a las 16h00)

▪ Sábados: 10h00 a 16h00 (último ingreso a las 15h00)

 

Descripción de Jaime Tillería-Durango

En “El Último Hombre”, el decimoquinto cuadro de la colección, el ser, elevado por planos y volúmenes de su propio quehacer, tan geométricos como los parches labrados en la cordillera que se abre a sus pies, tan humanos y a la vez tan distanciados de esa misma humanidad, el imperceptible ser, que se pierde casi en el color y frente a un sol invisible que solo existe por la sombra que proyecta, levanta sus brazos en plenitud. Esta, que es la forma corporal de gozo, el símbolo anatómico de su plétora emocional, nos desconcierta. Es el último hombre ¿de qué podría entusiasmarse?

Hemos de renunciar a la comprensión fija y sistemática de un acto poético. La pretensión interpretativa de la contemporaneidad sobre una obra de arte, su ofuscación por desmenuzar la trama y transformar al arte en pensamiento, y peor, precipitarlo de discursos antes que al abrigo de su forma, corre el riesgo nunca beneficioso de contaminar nuestras sensibilidades. Si bien ese acto jamás está exento del consciente esfuerzo del poeta por transformar, de algún y múltiples modos, la vida en obra, y es esa misma transfiguración la que parece ofrecernos la serie Des-Terrados. Un indicio nos ha dado el autor: el ser humano se desplaza a través de objetos que, por “andar encausado en el pensamiento lógico”, han perdido toda significancia cultural, histórica, existencial; aparecen despojados, al igual que sí mismo, de su esencia. Parecemos raspar del fondo negro de “ideales inertes”, gramos secos que alguna vez fueron vino y vida, pero cuyo alimento se ha agotado.

Sin embargo, este indicio ya es contaminante. La perspectiva que ofrecen los cuadros a lo mejor es más valiosa que la exposición del porqué de sus pinceladas, sin importar si es anterior o posterior a ellas.

En “Le Corbusier hacia el sol”, el arquitecto frena en el malecón ante el mar, después de atravesar todos los umbrales (literalmente) de su existencia, lo vemos antes de desnudarse, porque todavía respira, porque probablemente el momento más lúcido de una persona es el instante en que contempla la “vida a secas” antes de lanzarse al vacío. Para aquellos que ignoren la anécdota, no obstante, si su ojo no se percata de los peldaños que bajan al agua, y aún si se percatan no rebasan el símbolo de su descenso, Le Corbusier solo será un hombre ante un ocaso, como cualquier hombre ante cualquier ocaso, lo cual no es en sí ninguna pérdida.

En “Copérnico”, el monje astrónomo parece hallarse, irónicamente, miserable en el centro de su propia creación. Pero la miseria nos es transmitida por los rudos trazos del grabado y por el lúgubre ánimo de sus sombras, mientras a su alrededor todo se fuga al infinito minúsculo; los planetas girarán en torno al sol, pero nada de lo que haga o de lo que le suceda al ser humano dejará de girar en torno a su propia experiencia.

En “Santorini”, como en la mayoría de las obras expuestas, los colores son la luz y a la vez, las emociones.

En las esculturas “Orfeo mirando hacia atrás” y “Los Alóadas”, que son probablemente lo más genial de la serie, se toman temas arquetípicos de la mitología humana como la paradójica debilidad en la fuerza inconmensurable del amor, o la hermandad derrotada por la envidia, pero no son los temas lo que las vuelve espléndidas.

Los proyectos de arquitectura, como la admirable “Casa Vela Arizaga”, son la dichosa coyuntura práctica de todos estos juegos existenciales.

 

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