En la casa de Francisco Ursúa reina el silencio de un taller en pausa. Máquinas desconectadas y martillos que no golpean contrastan fuertemente con la que solía ser una casa acostumbrada al trabajo y a la metamorfosis. En la actualidad, congelada en el tiempo, la casa, galardonada con una mención del premio Mies Van Der Rohe, espera ansiosamente regresar a la vitalidad y movimiento al que estaba acostumbrada. Por lo cual, ante la ausencia del arquitecto triple AAA (Artista, Arquitecto y Aviador) reclama nuevas odiseas, trabajos, juegos y sueños.

Bajo este contexto, la visita del Colegio de Arquitectos de Pichincha (CAE-P) a la casa simboliza un lindo momento en el cual la edificación vuelve a la vida. Los visitantes descubren en detalles, en ideas o en espacios, el legado de una generación que se desvanece. Ante un mundo obsesionado con la rapidez y la innovación, esta pequeña construcción de una planta se erige desafiante ante las concepciones preestablecidas de vivienda y habitar.

Apacible ante los embates de la arquitectura comercial, la casa ha permanecido inmune a la fatal enfermedad del comercio y a la falta de memoria que ya ha cobrado la vida de algunas edificaciones modernas de Quito. Se ha salvado de este mal, más que por su arquitectura, por hallarse en un barrio de obreros y labriegos que no tiene mayor valor comercial ni influencia urbana. Sin embargo, la suerte con la que esta casa ha contado puede estar llegando a su fin. Aunque intacta hasta el momento, el costo de mantenimiento y pago de impuestos ha llevado a la Familia de Francisco Ursúa, que con heroico esfuerzo ha mantenido la casa por más de seis meses, a la penosa necesidad de vender este legado que es de todos.

Esta casa nos enfrenta entonces con el reto de que nosotros, las nuevas generaciones, no olvidemos las voces de estas catedrales blancas. Es un llamado a volver a llenar los talleres de inventiva de arduo trabajo y reflexión. Un llamado a  romper el silencio y la pasividad de la computadora por el rasgar del lápiz y el golpeteo del martillo en los talleres.

Ante todos los posibles sucesos catastróficos que podrían devenirle a este querido rincón de la historia moderna quiteña la visita del CAE-P sirve para llamar la atención de los arquitectos y recordarnos dos cosas. La primera es la importancia de luchar para que las historias y la memoria que estos espacios nos cuentan no desaparezcan. La segunda, es dar vida a las palabras de Francisco que, en su conferencia de despedida, nos dijo que todo lo que hizo, enseñó, proyectó y compartió durante sus más de 60 años de docencia, fue con el objetivo de que seamos capaces de ser libres y escoger nuestro destino o nuestra felicidad.

Escrito por el Arquitecto Alex Piedra

 

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